Monasterio de Santa Catalina, un Acllawasi de nuestros tiempos  

miércoles, 26 octubre, 2016

Monasterio de Santa Catalina, un Acllawasi de nuestros tiempos   

                             

Hace 38 años un 25 de diciembre una decidida adolecente se escapó de su hogar, enrumbo con prisa por la calle Santa Catalina Angosta para luego tocar las enormes y pesadas puertas del monasterio. cuando sus padres fueron a buscarla ya era demasiado tarde…había decidido vestir el mismo habito y la misma manera de vivir de Santa Catalina de Sena, Santa Rosa de Lima y otras religiosas a lo largo de tantos siglos. Esa misma muchacha ahora convertida en una monja de la congregación dominica me recibe en el museo de este mismo monasterio donde según me confiesa encontró su otra familia. Su dulce aspecto denota una comprensible candidez, no suele relacionarse con el público dado su condición de monja de clausura.

Trasponer los grandes muros del monasterio es entrar a un mundo de paz y recogimiento, las tenues luces apenas nos permiten ver lo necesario. En la primera sala hay leyendas que narran el origen y la historia de los fundadores de la congregación así como antiguas fotos del monasterio. Por un angosto pasaje de cuyas paredes cuelgan alfombras coloniales se pasa por dos compartimientos que fueron usados durante siglos como confesionarios que están empotrados con la iglesia colindante de manera tal que las religiosas sin tener que salir del monasterio podían comulgar ante el sacerdote. Luego se ingresa a la SALA DE LABORES en donde hasta no hace mucho tiempo decenas de hermanas dedicaban su tiempo y habilidad a la confección de hermosas casullas primorosamente bordadas en oro, plata y demás objetos litúrgicos que se emplean en las misas el ambiente es imponente, luce unas columnas de piedra con elegante arquería.

De pronto mi mirada se centra en una pieza muy singular es un gran nacimiento dividido en 3 partes: el jardín del edén, el nacimiento de Jesús y la huida de Egipto, pero en realidad si se doblan estas piezas se transforma en una elegante baúl sin duda…una de las joyas de este museo. Más adelante esta el CORO BAJO lugar donde las hermanas oran en estricto privado, al frente una pequeña sala nos muestra el que fuera el VELATORIO usado hasta 1924 como tal, si bien la escenografía es fúnebre no por eso deja de ser verídica. Más adelante unos pasajes abovedados nos conducen hasta la SALA DE ESTUDIO que alberga antiquísimos estantes de libros y textos religiosos, aquí las monjas concurrían a estudiar ya que la preparación intelectual también ha sido una de sus características, más adelante esta la hermosa SALA CAPITULAR cubierta casi en su totalidad de pintura mural lugar que otrora sirviera para reuniones especiales donde a su turno cada una de las religiosas compartía con humildad y veracidad alguna duda que tuviera en su vida de fe delante de las madres mas antiguas.

Al terminar las escaleras del segundo piso me encuentro con EL REFECTORIO que servía como comedor donde a la usanza de aquella época existen todavía ollas y utensilios que usaron estas mujeres que consagraron sus vidas a la iglesia. A la izquierda se haya EL NOVICIADO que tiene 12 celdas donde las novicias solían vivir. La sencillez y frugalidad del lugar es evocador, compuesto por una tarima, una biblia, sencillas frazadas, un baúl para guardar sus pertenencias, un candil para alumbrarse, un jarrón de cerámica para almacenar agua, un lavatorio de porcelana para el aseo eso era todo y así vivían sus primeros 5 años de noviciado! Al final se encuentra la habitación de las hermanas Padilla fundadoras de este monasterio.

Al final del recorrido esta la PINACOTECA que cobija una de las colecciones de arte religioso más notable por la factura de sus cuadros como por la fama de los pintores. Sor Janet mi espiritual anfitriona a cada paso con esmero y gran conocimiento me ha venido contando cada detalle de las salas y su historia, al despedirme casi sin notarlo he pasado más de una hora hablando con una mujer de otro tiempo, culta y serena con los vaivenes de la vida. Mirando sus ojos casi trasparentes que irradian dulzura y paz me despido tocando su mano y siento como si hubiera estado charlando largo rato con Santa Rosa de Lima.

 

Por: Armando Álvarez

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