El profeta pagano

Domingo, 26 marzo, 2017

El profeta pagano

Hace varios años que Carlos Olivera Aguirre nos tiene acostumbrados a su ausencia, su escultura y pintura ya no se exponen en el Perú, ni en Cusco. Hace mucho han traspasado la dimensión natural de estas tierras y han volado a exponerse en galerías de México, Nueva York, Berlín, y otras ciudades del mundo. Lo mas cercano que estuvo una exposición de este Dalí Indiano fue en 2012 cuando “la dimensión del vacío”, una colección de obras monumentales de gran tamaño, se mostró el Museo Pedro de Osma en Lima.

Donde han ido, la exquisitez de sus obras elucubradas y hechas en las faldas de las montañas que rodean Saylla ha sido halagada por su capacidad de convertir los sueños en materia. Alguna corriente estética ha definido a la escultura como el llenado del vacío, pero en las obras de Olivera este es más bien formado, contorneado, pintado, transformado en un acompañante de baile que se mueve al compás del viento que desciende de los Andes. Sus creaciones tienen la habilidad de escarbar en el concepto precolombino de la belleza, meter sus manos en el material de los recuerdos y los sueños de hace muchas noches y años para traerlos a la forma presente de seres míticos, hieráticos y amistosos a la vez.

Esos entes, que traspasan la puerta del mundo irreal y son traídos a la vida estática de metal, cerámica, madera y cuanto material llegue a las manos de Carlos Olivera, son los mismos que hasta hace algunos años caminaban por las afueras de San Jerónimo (Cusco) y saltaban por las tejas rojas de los techos después de emerger de las chacras de maíz. Solían salir a caminar, flotando a pocos centímetros de las piedras que cubrían las calles, cuando el sol empezaba a esconderse. Les gustaba especialmente el viento de las tardes de fines de junio. Algunos niños cuentan que aun se los puede ver algunas tardes guardando en botellas de cristal con sus dedos delgadísimos los últimos porotos de colores (ch’uis) que quedan en el pueblo, y otras noches introducir sus cuerpos elásticos en los dormitorios a través de las ventanas de madera y vidrio.

Con este creador cusqueño fracasó, afortunadamente, la educación. Con él no tuvo éxito la escuela oficial acostumbrada a encasillar a los alumnos en el esquema conservador que castra la creatividad. Carlos Olivera Aguirre escapó de este absolutismo gracias a su insólita personalidad, al apoyo de su padre y el ánimo de su abuelo. La inspiración del “Tolo”, pintor del indigenismo psicodélico, y del “Tío Olivera”, un mecenas y extravagante personaje cusqueño fue gravitante en la magnificencia que muestra ahora su escultura. Esta huida hacia la libertad fue pavimentada por la enorme comprensión que solía regalarnos Julia Aguirre, su madre, en las tardes en las que los amigos solíamos refugiarnos en su casa de la calle Saphi de la difícil tarea de descubrir los primeros años de juventud.

Con tremendos antecedentes Carlos Olivera Aguirre se ha convertido en destacado escultor de nuestro surrealismo cholo, en un tremendo preñador qosqoruna del vacio, revolucionador de la locura, defensor de la lucidez en la demencia. Es, a día de hoy, sin duda, nuestro más destacado escultor contemporáneo a pesar de que las instituciones públicas encargadas de promover la cultura le han prestado escaso apoyo. El reconocimiento, como a casi todos los creadores de este centro del mundo, le ha venido desde fuera. Por ejemplo su enorme escultura en piedra “Pachatusan” adorna una avenida principal en San Isidro (Lima) y varias de sus obras son parte de la colección permanente de algunos importantes museos y galerías de arte del mundo.

Rompiendo la ausencia de estos años, para deleite nuestro, el 6 abril inaugura en Cusco la muestra “Profetas Paganos” compuesta por mascaras y tótems tallados en madera, piedra y metal en el local de la USIL en Pampa del Castillo. Además el 27 de abril apertura “Materia, tiempo, espacio”, una exposición sin precedentes en el Qoricancha, que ocupará todo el recinto, desde el patio central hasta la sala cero, con un grupo escultórico de dimensiones enormes y un recorrido por los estadios del brebaje de ayahuasca, tratados en acero y bronce. Esta exposición mostrará obras de los últimos cinco años y un precioso grupo de maquetas e información del proceso de trabajo a manera de bitácora de viaje del artista.

Ya va siendo hora que algunas obras de este autor afiebrado que no da concesiones ni treguas a la creación sean adquiridas por alguna institución para que se queden por siempre ataviando de arte las irrepetibles calles y avenidas del Cusco.

Por: Pavel H. Valer Bellota

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