La Casa de la Cultura, tercer año

domingo, 15 abril, 2018

La Casa de la Cultura, tercer año

 

La creación de la Casa de la Cultura del Cusco fue un atrevimiento colectivo, un paso para conquistar el derecho al pan y la belleza. Ahora, cuando desde ese 10 de abril de 2015 han pasado por ese palacio de San Bernardo miles de artistas, creadores, promotores, escritores logrados y también ciudadanos simples que quisieron mostrar sus obras de ciudadanos de a pie, es fácil sentirse satisfecho de esa insubordinación contra las cadenas que castigan a la creatividad en las ciudades ubérrimas de los andes.

Esta rebelión del arte fue también una reivindicación histórica del uso que se debe dar a los edificios públicos. En 1619 fue fundado el Colegio Real de San Bernardo Abad que, siguiendo los postulados del “Ratio Studiorum”, se instaló años después en el inmueble que ahora es la Casa de la Cultura. El proyecto de los jesuitas buscaba dar una educación, fuera de los conventos, a los hijos de los mestizos y españoles de la ciudad del Cusco. En esta casona funcionó también la Universidad San Ignacio de Loyola en la que estudió y se graduó el preeminente filosofo Juan Espinoza Medrano, el Lunarejo.

Sin embargo, la línea de la historia de esta residencia consagrada a la educación fue luego cercenada. Los jesuitas fueron expulsados de las colonias españolas. A finales del siglo XVII la Casona de San Bernardo fue transferida al seminario de San Antonio Abad, después al Colegio de Ciencias, pero fue proactivamente abandonada a las lluvias, al viento y al olvido, especialmente después del terremoto que destruyó el Cusco en 1950.

Después, en la década de los 70, fue intervenida para su restauración por el Instituto Nacional de Cultura que instaló sus cuarteles de funcionarios dentro de sus hermosas habitaciones adornadas con pinturas coloniales. Posteriormente, en este siglo, fue ocupada por la Municipalidad del Cusco. Su noble estructura fue dedicada a alojar a un grupo de burócratas y sus poltronas, quienes dispusieron cual reyezuelos clausurar muchos de sus ambientes con candados infames para resguardar sus bártulos personales. Varios de los espacios de la ilustre casona de San Bernardo eran utilizados como vulgares depósitos. Cuando los descerrajamos, implementando la Casa de la Cultura, llegamos a encontrar allí una ruma de colchones viejos, con manchas anecdóticas, decomisados en alguna campaña de fiscalización de quien sabe qué hostales de mala muerte.

Felizmente, varias tardes y noches de enero y febrero de 2015, con café, pisco y tequila incluidos, un grupo pródigo de artistas e intelectuales convocados por la Gerencia de Cultura de la Municipalidad -entre los que recuerdo a Carlos Olivera Aguirre, José Luis Morales Sierra, Rodolfo Rodríguez Yáñez, Julio Gutiérrez Samanez, John David Rodríguez Taiña, Luz A. Ramos Ayala (con las disculpas por la fragilidad de mi memoria)-  decidió que ese palacete colonial debía ser la Casa de la Cultura, y que debía servir para lo que se había erigido, es decir para  la ilustración, la divulgación y la promoción de la imaginación creativa popular.  Así se lo comunicó solemnemente al alcalde del Cusco, días después, en una asamblea a la que asistieron buena parte de los y las creadoras de arte del Cusco.

El burgomaestre, tomando en serio los dictados, y proyectos escritos, de ese aquelarre levantisco de escultores, pintores, fotógrafos, mimos, escritoras, compositoras, cineastas, cantantes, y otros, dispuso que, en mi condición de Gerente de Cultura, así hiciera.  Pero sin presupuesto, dinero, ni gastos públicos planificados. Había que echar mano de la audacia, el arrebato y las alas del atrevimiento.

Para que la Casa de la Cultura cobre vida había que diseñar su naturaleza, llenarla de actividad cultural, convocar a los colectivos de artistas del Cusco. Y para esto corrió presto Armando Aguayo Figueroa. Con su experticia internacional diseñamos la Casa de la Cultura como un centro de proximidad, para el encuentro de los ciudadanos con la promoción pública, de inclusión social mediante el arte, como un centro que recogiera la producción cultural del Cusco, de fundación y fortalecimiento de redes ciudadanas. Ya no se trataba solo de llevar alta cultura al pueblo, sino de recoger la cultura popular para “elevarla” mediante su reconocimiento público.

Muchos más prestaron su colaboración desprendida. Yani F. Lazares Serrano, dejando en casa a su pequeña Sofía de solo un año, trabajó un mes gratis para el estudio histórico de la Casona. Braddy Romero donó el diseño del logo de la Casa de la Cultura. Mi hijo, Pável Amaru, cargó paquetes y llevó encargos con sus manos pequeñas de seis años. Fredy Romero Peralta prestó sus esculturas en piedra. Natasha, la francesa diseñadora de modas establecida en Urubamba con sus tijeras y su plancha nos animó a seguir adelante. El arquitecto Oscar Chara diseñó el interior de los ambientes e hizo milagros presupuestales. Berenice Diaz Vargas implementó, promocionó y presentó las primeras muestras populares de arte. Los obreros de la Municipalidad olvidaron sus domingos y trabajaron sin desvanecerse. Y varias más personas hicieron algo importante.

Esa fue una obra colectiva, un conciliábulo comunal de recuperación de los espacios públicos, a favor de la cultura del Cusco. Solo así fuimos dignos de nuestro pueblo.

Por: Pável H. Valer Bellota

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